Capítulo 8.
Llegó a la habitación del hotel envuelta en desesperación y rabia. ¿Quién se creía que era para decirle todo eso? ¿Qué podía saber él acerca de su matrimonio, de su desesperación, de su dolor? ¡Nada! ¡Nada podía saber! Clarice se sacó la ropa con furia, casi rompiéndola. “Debería haberlo abofeteado” pensó “de esa manera me hubiera librado del odio que siento ahora”. Al fin y al cabo, había resultado ser un imbécil como todos los que se habían acercado a ella en esos años. Sólo quería convencerla de que olvidara a Martin para poder acostarse con ella y nada más. Clarice se metió a la ducha y empezó a llorar con desesperación. Otra vez se quedaba sola.
Soy un imbécil, ¿te das cuenta?- le decía a Tim, en un bar
La verdad es que estuviste muy duro con ella, Rich- concedió Tim- no es la mejor estrategia para lograr el sí de una mujer, precisamente.
No me pude contener, soy así de frontal, tu lo sabes- dijo tomándose la cabeza.
¿Y ahora?
Ahora me odia y no me quiere ver más. ¿Te das cuenta? ¡Me dio tanto trabajo que confiara en mi!... Y ahora yo mismo lo arruiné todo- dijo casi llorando.
¿La llamaste para pedirle disculpas al menos?- preguntó Tim
Sí, claro. Pero no me atiende. Y ya no la veré más- presagió Rich.
Estaba resignado, vacío.
Al final, Richard pensó que sería lo mejor; Clarice y él nunca hubieran sido felices con el acecho implícito de otro hombre. Un hombre con el cual él no podía competir, un hombre que siempre estaría entre ellos como una amenaza latente, agazapada.
Se dio cuenta de que era lo mejor, de que Clarice tenía razón y, secretamente, se prometió olvidarla. Borró de su agenda su número telefónico y también el de su empresa. Ya no tendrían que ir a Berlín, pues esa etapa del disco había concluido. Eso implicaba no tener motivo para volver a verla.
Claro que, borrarla de su corazón, eliminarla de ese lugar…eso iba a ser un tanto más difícil.
Seis meses después.
Promociones, habla Clarice Beckett ¿en qué lo puedo ayudar?
Soy yo, Clarice- dijo la mujer del otro lado del teléfono
Ah, hola Susan- saludó Clarice- ¿pasa algo?
Nada malo. Resulta que me acabo de enterar de que hay una exposición importantísima de arte en Londres, este sábado.
¿Quién expone?- preguntó Clarice.
Grimmel, el artista plástico y fotógrafo.
Ah, si- exclamó Clarice- es excelente. ¿Y quieres que vayamos a Londres juntas?
¡Exacto! ¿Qué te parece si cenamos hoy y ultimamos los detalles?
La casa de Clarice era solitaria, demasiado fría. Se había vuelto fría desde el momento del accidente.
Llegó, como todos los días, y fue al cuarto del bebé, el cuarto que ella misma había preparado casi nueve años atrás. Miró que estaba cada cosa en su lugar, tal como ella lo había puesto. En esos meses, Clarice se había dado cuenta de que su vida funcionaba exactamente así, como estaba el cuarto: cada cosa en su lugar, todo ordenado, todo prolijo…el problema residía en que ella era infeliz, todo lo infeliz que una mujer podía llegar a ser, todo lo miserable y mediocre que una vida podía llegar a ser.
Y además de todo eso, había echado de su vida a la única persona que había sido capaz de devolverle la alegría, al único hombre que le había recordado lo que era sonreír…
Se alejó del cuarto justo cuando Susan tocaba el timbre.
La idea es que nos vayamos en avión a Londres, el sábado por la mañana- explicó Susan durante la cena- nos quedamos en alguna pensión u hotel y a la noche nos vamos a la exposición.
Perfecto- dijo Clarice- ¿y cuándo volvemos?
El lunes, Clarice. Porque yo necesito hacer una entrevista de trabajo allí, ese día- continó Susan
Ah, sí- recordó Clarice- esa que me comentaste. Pero yo no puedo quedarme hasta el lunes, Su- dijo en cambio- recuerda que por la noche me voy a Berlín.
Clarice, no va a pasar nada porque no vayas un martes- acotó Susan.
No empecemos- cortó Clarice- yo me vuelvo el mismo sábado por la noche, en el tren.
Clarice, al menos quédate hasta el domingo- pidió Susan
¿y para qué?
Por ahí te encuentras con tu fotógrafo, baterista y no sé qué más es…
Vegetariano es también- aclaró Clarice- pero no me voy a encontrar con él en una ciudad tan inmensa.
Al menos podrías pedirle disculpas por haberlo echado de tu vida de esa manera- sugirió Susan
Ya basta- cortó Clarice- aunque esté arrepentida ya es tarde. Tal vez fue lo mejor.
Londres era hermosa en verano. Repleta de gente en las calles, en los bares, en los lugares públicos. Todo parecía renacer luego de la crudeza del invierno y ciertas cosas parecían volver a la vida después de un letargo.
Susan y Clarice se encontraban en la exposición. Grimmel era un artista fuera de serie: combinaba la fotografía con las artes plásticas. Clarice estaba francamente impresionada, recorría los pasillos observando cuidadosamente cada obra. Tenía puesto un vestido color verde agua de seda, que le llegaba a las rodillas, y unas sandalias transparentes.
Alguien se paró junto a ella y Clarice reconoció el perfume inmediatamente. Cuando giró su cabeza, vio a Richard a su lado, mirándola. Sus ojos no habían cambiado, seguían siendo tan inquietantes como siempre; Clarice sintió que toda la galería se estaba cayendo en pedazos, a su alrededor. Miró hacia arriba, extrañada, desviando sólo por unos segundos su mirada de los ojos de Richard…pero se dio cuenta de que todo seguía igual en su entorno. Lo que se caía a pedazos, en realidad, era su orgullo, su omnipotencia, sus excusas y la falsedad en la que había estado viviendo todos esos años.
Capítulo 9.
¿Cómo has estado Clarice?- preguntó por fin, después del silencio.
Bien- dijo ella algo aturdida por lo imprevisto del encuentro- ¿y tu?
Bien también- dijo él, que aún disimulaba un poco su estupor y nerviosismo.
Los dos se miraron y guardaron silencio otra vez. La gente iba y venía por los pasillos, ajena a lo que pasaba entre ellos dos.
Qué casualidad encontrarnos aquí, ¿verdad?- dijo Clarice.
Pues más sorprendido estoy yo- replicó él- tú vives en Luxemburgo.
Sí, pero a Susan le fascinan estas cosas y me invitó a venir. Por cierto- dijo mirando hacia su izquierda- aquí viene.
Susan se aproximó hacia donde ellos se encontraban, sin saber que se trataba de Richard. Clarice los presentó.
Susan, él es Richard. Richard, ella es Susan, mi amiga de toda la vida.
Susan no pudo evitar hacer un gesto de sorpresa y Clarice la miró, rogándole tácitamente que se callara.
Hola Richard, por fin te conozco- dijo Susan- soy Susan Shaw.
Mucho gusto, Susan- dijo él- tu apellido me suena familiar…
Ah, puede ser porque su madre es una escultora muy reconocida en nuestro país- intervino Clarice- Clara Shaw.
¡Ah!- exclamó Rich- exactamente. De allí me sonaba. Tu madre es una artista estupenda, Susan.
Muchas gracias- dijo la aludida- aunque hace años que no la veo, la verdad.
Bueno- cortó Clarice- sigamos la recorrida.
Si no les molesta, yo ya vi casi todo- intervino Susan- y además también encontré a un amigo. Así que te veo después, Clarice.
Clarice sabía que la estaba dejando sola a propósito y se puso más nerviosa.
No me parece, Susan. Vinimos juntas- replicó Clarice acompañando las palabras con gestos trabajados, dándole a entender que no la dejara sola.
¡Pero Clarice!- dijo su amiga, riendo- no te vas a perder aquí. Llámame después- dijo despidiéndose.
Se despidió también de Richard y se fue.
Clarice estaba nerviosa, no sabía qué decir. Richard la observó una vez más y no podía creer lo hermosa que era. Todo lo que tanto trabajo y esfuerzo le había costado en ese tiempo, el empeño que había puesto en olvidarla, en arrancarla de su alma…todo se había esfumado como las palabras en la noche. Al verla, sus sentimientos habían resurgido de una manera impetuosa, volcánica, incontrolable.
Siguieron caminando por la muestra, aunque aquello sólo era un trámite para evitar mirarse y hablar de ciertos asuntos.
¿Y cómo sigue tu esposo?- preguntó por fin.
Sigue igual- contestó ella.
Lo lamento- dijo Rich.
Calló un momento y volvió a tomar la palabra.
Clarice, quiero pedirte perdón, sinceramente, por lo que pasó la última vez que nos vimos. Fui un bruto.
No te preocupes, Rich-dijo ella- yo me enojé pero con el tiempo pude comprender que muchas cosas que me dijiste eran ciertas.
¿Cómo qué?
Como que no me quiero atrever a vivir, a sentir algo más- dijo casi suspirando- pero me es muy difícil hacerlo. Entenderlo es una cosa, pero ponerlo en práctica me da mucho miedo.
Richard sabía de lo que ella hablaba. No sabía qué decir, no quería abrir la boca y arruinar todo otra vez.
De repente, las luces se apagaron. Todas. El salón quedó en completa oscuridad y se empezó a escuchar el murmullo de la gente.
Los altavoces anunciaron: “informamos a los presentes que hubo un pequeño desperfecto que ya estamos solucionando. Por favor, permanezcan todos en sus lugares”.
Clarice no veía nada. Sólo sintió una mano que se deslizó por su cintura primero y comenzó a ascender hasta llegar a uno de sus pómulos. Clarice sintió la mano de Richard pero no dijo nada, ni siquiera se movió. La mano le acarició el cabello y volvió a descender, hasta llegar a su boca. Uno de los dedos le acarició los labios e instintivamente Clarice cerró los ojos, aunque todo estaba en completa oscuridad. Escuchó las bocinas de los automóviles, mientras sentía que la otra mano de Richard la tomaba por la cintura y la atraía hacia él. Sus rostros quedaron pegados y ella sintió la respiración de él humedeciéndole la cara.
Acercaron más sus rostros y se besaron en el medio de un frenesí. Clarice sentía debilidad en las piernas, mientras él la besaba, apoderándose de ella, sosteniéndola en sus brazos.
Ella se separó un momento para respirar y él la volvió a atraer. Le fascinaba lo que sentía en el cuerpo cuando la tenía pegada a él, pudiendo adivinar cada recoveco de su ser sin necesidad de tocarla con las manos.
Las luces volvieron a encenderse. Estaban abrazados y mirándose, frente a frente.
Clarice pensó que el beso había sido demasiado breve pero mejor de lo que había imaginado. Durante esos meses había fantaseado con la idea de besarlo pero no sabía qué iba a sentir si es que alguna vez sucedía.
¿Y ahora qué hacemos?- preguntó él, alejándose un poco.
No se- dijo ella, tímidamente.
Vamos a comer a un lugar que conozco, ¿te parece?
Vamos.
Richard le tomó la mano y empezaron a caminar hacia la salida. Cuando estuvieron afuera, Clarice preguntó.
Rich, ¿tú sabías que yo venía?
¿Cómo podía saberlo, Clarice?- preguntó frente a ella.
Es que es mucha casualidad que nos encontráramos…
¿Por qué no dejas de buscarle una explicación a todo?- pidió Rich- tal vez es el destino que nos quiere unir.
Eso sonó cursi- rió Clarice.
Estoy muy lejos de ser cursi- rió él también- pero, extrañamente, de verdad pienso lo que te dije.
Clarice se acercó y puso su mano sobre la mejilla de Richard. Lo acarició con ternura y buscó sus labios otra vez. Él la besó con cierta dulzura y templanza.
La noche estaba callada, fresca, ideal.
Y en ese beso cálido pactaron secretamente y, sin decirlo, que ya uno pertenecía al otro y que, sin importar las circunstancias, esa fusión no podría destruirse.
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