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viernes, 8 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 6 y 7.

 Capítulo 6.

No era algo fácil de asumir o de pensar; no era algo banal o simple, algo que a uno le pase todos los días. Era nada más ni nada menos que amor. Amor… ¡pero amor era el de Clarice con Martin! ¡Eso era amor! No la atracción tortuosa y porfiada que sentía por Richard. El problema residía en que Clarice ya no estaba segura de que sólo fuera atracción; y allí, a partir del mismo instante en que se lo empezó a plantear, desde el momento en que Richard se metió definitivamente dentro de ella, Clarice supo que tenía que hacer algo. ¿Pero qué? ¿Qué hacer cuando uno tiene una contradicción tan grande en su interior? ¿Qué hacer contra los designios del corazón? Cada martes miraba a Martin en la cama y sentía un dolor inmenso, pero más que dolor, ahora sentía culpa. Culpa por sentir lo que sentía por otro hombre, culpa por desear que ese hombre la besara y la acariciara, culpa por continuar con su vida, en realidad; mientras que él se encontraba muerto en esa cama y por causa de Clarice. Ella sabía que por más esfuerzo que pusiera, nunca iba a poder vivir alegremente, como cualquier otro mortal. El destino se había ensañado con ella. 

No podía continuar pensando o iba a enloquecer. Tomó su bolso y su abrigo y salió a la calle.


Estaban las dos sentadas frente a frente en un bar. Era domingo y las calles estaban repletas de gente y niños corriendo por las plazas.

¿Qué pasa Clarice?- dijo Susan- hace media hora que estamos aquí y no me lo dijiste todavía.

Clarice reunió valor. Le hacía falta.

Conocí a alguien.

¿Alguien?

Sí, a un hombre- aclaró Clarice- lo conocí en el tren a Berlín.

No lo puedo creer, Clarice- dijo Susan- es la primera vez en todos estos años que me hablas de un hombre.

Yo tampoco lo puedo creer, te lo juro. Es algo que me tiene muy mal, Susan- dijo Clarice, pasándose las manos por el rostro

A ver, vayamos por partes: ¿pasó algo entre ustedes?

No, nada.

¿Y por qué?- quiso saber Susan.

Bueno, porque recién nos estamos conociendo. El problema, en realidad, es lo que yo siento por él. 

Susan se quedó en silencio. Sabía que para Clarice eso era muy duro, muy difícil de asumir. 

No sé lo que siento- retomó la palabra- pero sé que es algo fuerte. Tal vez sea mi soledad, tanto tiempo…

Espera- interrumpió Susan- en estos ocho años nunca te acercaste a otro hombre por soledad o angustia; así que ahora no pongas esa excusa. 

Es verdad- contestó Clarice suspirando- es que Richard y yo tenemos mucho en común: amamos la fotografía, nos gustan las mismas cosas, compartimos muchas opiniones sobre cosas de la vida. Y además…

Y además es guapo, ¿no?- preguntó Susan, sonriendo.

La verdad que sí- admitió Clarice.

Bien, te gusta un hombre. ¿Eso te parece anormal?

En mi circunstancia, sí. Es que tú no entiendes: no sé qué hacer- planteó Clarice- si sigo adelante con él, voy a traicionar a mi esposo, tarde o temprano; y si no lo veo más…

Si no lo ves mas, ¿qué?- indagó Susan

No se, no se qué me puede pasar. Pero tengo una necesidad muy grande de verlo y de estar con él. ¿Qué hago?

Por el momento, hasta que no le pongas nombre a eso ‘fuerte’ que sientes, esperar. 

¿Y qué voy a esperar?

Espera a que las cosas se den solas. Si él está interesado en ti, te va a llamar. Y ahí decidirás si lo quieres seguir viendo o no. Pero una cosa sí te digo: piensa bien lo que vas a hacer, porque las oportunidades muchas veces se presentan una sola vez- continuó Susan- y aunque tú quieras serle fiel a Martin, tienes que saber que la situación cambió, que todo cambió. Entiende de una vez que tu vida sí continúa, aunque te duela. Tú eliges cómo vivirla. 

Lo dices como si fuera algo tan fácil- acotó Clarice, mirando por la ventana.


Las noches de Berlín eran aún más atrayentes que los días. En la noche, todas las cosas cobraban vida nueva, los bares y clubes nocturnos se atestaban de gente, los nativos y turistas recorrían las calles en busca de distracción, diversión y (porqué no) amor. 

Se encontraban los tres en su club preferido, tomando tragos y hablando de música. Cada noche en aquélla ciudad les parecía mágica e inspiradora para crear. Ya habían tomado unas cuantas cervezas demás cuando llegó el turno de las confesiones. Tim contaba peripecias de su familia, Tom comentaba lo difícil que le resultaba estar separado de Nat tantos días y Richard no hablaba. Tom y Tim sabían que algo lo estaba perturbando, desde hacía un tiempo, y sospechaban que era la mujer del tren. 

¿Y quién es la chica del tren, Rich?- preguntó Tom finalmente.

Rich ya tenía algunas copas encima y tardó un poco en contestar, como si hubiera estado buscando las palabras justas en su cabeza para responder. 

Es una amiga- dijo simplemente.

Pues para ser una amiga, la miras con mucho cariño- rió Tim. 

Le tengo cariño- acotó Rich.

Pues yo diría que le tienes mucho cariño- subrayó Tom- el otro día viniste hablando con ella durante todo el viaje.  

Tom, ¿tu nos observaste ese día?- preguntó Rich, en cambio.

Tom afirmó con la cabeza.

Y ¿cómo crees que me mira o me trata ella a mí?- volvió a preguntar Richard.

Pues yo estoy seguro de que le gustas- respondió Tom

Si, creo lo mismo- intervino Tim.

Richard permaneció en silencio, pensando.

Rich, en serio- cortó Tim el silencio- si los dos se gustan, ¿por qué estás tan mal? ¿cuál es el problema con ella?

El problema es que está casada- contestó Richard, bebiendo más cerveza.

Tom y Tim se miraron instantáneamente. 

Bueno, ¿y es feliz con el marido?- preguntó Tom finalmente.

¡Qué va a ser feliz!- exclamó Rich- el tipo está muerto. 

Pero entonces es viuda- dijo Tim, confundido.

No, no… está muerto pero no del todo- explicó Rich, manoteando otra cerveza.

¡Estás más ebrio de lo que pensé!- exclamó Tom. 

Sí, estoy ebrio- afirmó Rich- pero estoy diciendo la verdad: el tipo tuvo un accidente y está en coma hace ocho años. 

Tom y Tim se volvieron a mirar, comprendiendo entonces lo difícil de la situación. 

Bueno, hermano, eso sí que es complicado- le dijo Tim- ahora entiendo. 

No se si lo puedes entender- dijo Rich, mirando hacia un punto en el vacío- lo que yo siento por ella no lo sentí jamás por nadie. Ninguna mujer me gustó así. 

¿Le hablaste de tus sentimientos?- preguntó Tom

No abiertamente, pero se lo di a entender. 

¿Y?- dijo Tim. 

Dijo que no tiene problema en que seamos amigos. Pero yo voy a seguir insistiendo- afirmó Rich. 

Y, mientras tanto, ruega que no se despierte el marido- bromeó Tom, quitándole seriedad a la conversación. 

Los tres rieron tan sonoramente que la gente se dio vuelta para mirarlos. 




Capítulo 7.


Era día sábado en Berlín. Hacía frío y la ciudad se vestía de invierno. La gente llevaba largos abrigos y bufandas coloridas. La noche había caído unas horas antes y Richard se encontraba en su habitación del hotel, solo. Había estado mirando al techo durante una hora, pensando concienzudamente en la manera de despojarse de todo aquello que sentía, de cruzarse con cualquier mujer que le hiciera pasar un buen rato y nada más. Pero Rich sabía interiormente que eso no iba a posibilitar que olvidara, mágicamente, a la mujer del tren. Que con eso no iba a volver el tiempo atrás para tomar un tren antes o después que ella, y de esa manera no conocerla nunca; no sentir esa tristeza invencible que experimentaba por no tenerla, al menos no como él quería. 

Su teléfono celular empezó a sonar insistentemente. No quería atender, pues probablemente sería uno de los muchachos que lo invitaría a algún bar y no deseaba salir a ningún lado. Dejó que sonara y se fue a bañar. 

Al salir de la ducha, vio que tenía tres llamadas perdidas del mismo número, que le era desconocido. Observó, también, que le habían dejado un mensaje de voz. Marcó el número de la casilla y escuchó:

“Richard, soy yo, Clarice. Estoy en Berlín, si tu andas por aquí también, me gustaría que nos encontráramos. Estoy hablando de un teléfono público, pero puedes llamarme a mi celular si escuchas este mensaje. Adiós”. 

Richard se maldijo por no haber contestado a tiempo, mientras marcaba el número de Clarice. 

Hola Richard- contestó ella, finalmente. 

Hola, Clarice. Perdona por no contestar, estaba bañándome- se excusó Rich.

No hay problema. ¿Tienes planes para esta noche?- indagó Clarice.

Salir contigo- contestó él.

Perfecto- dijo Clarice sonriendo- dentro de una hora hay una exposición de fotografía en una galería, a una cuadra del hospital. ¿Sabes dónde es?

Si, claro. Ahí te veo- dijo Rich. 


Era un fotógrafo muy bueno. Rich había escuchado hablar de él y muy bien. 

Se encontraba ya dentro de la galería cuando vio llegar a Clarice, vestida con una falda larga, un abrigo y una bufanda. Se acercó a él y Richard notó que tenía algo diferente en la mirada, se dio cuenta de que esa noche sería especial.

Hola Clarice. Estás hermosa- le dijo Rich.

Seguramente a todas les dices lo mismo- rió Clarice.

La verdad que sí-admitió él- pero la diferencia es que a ti te lo digo de verdad.

Clarice permaneció en silencio, frente a él, tratando de entender lo que le quería decir. 

Te lo digo desde el corazón- aclaró Richard. 

Ella continuó en silencio, impactada. No sabía qué decir exactamente. 

Bueno, vamos a recorrer- dijo él finalmente.

Empezaron a caminar por la galería y comentaban cada fotografía. Algunas eran de guerra, cosa que aprovechaban para hablar de política. 

Se rozaban las manos en muchas ocasiones, intentando establecer contacto físico, pero ninguno de los dos se atrevía a tomarse de la mano efectivamente. 

A ésta le falta luz- dijo ella, señalando una fotografía de un niño a lo lejos, en un paisaje. 

Si el fotógrafo le hubiera dado más luz, se perdía el espíritu de la foto, Clarice- opinó Rich. 

Que sería…-contestó ella, dejándole en suspenso la respuesta.

Es una foto melancólica y sobre todo, solitaria. No puede tener más luz, a mi entender- explicó él. 

Podría ser- dijo Clarice con la vista fija en la foto. 

Richard no pudo evitar contemplarla y se dio cuenta en ese instante preciso, en ese momento profundo, cuán grande era lo que sentía por ella; cuán intrincados estaban sus destinos también. Sabía que ya no había paso atrás, entendía que Clarice se había metido dentro de él, hasta el rincón más escondido de su ser. 

De pronto, sintió una necesidad inminente de decírselo. Le pidió salir de la galería un momento. Clarice lo siguió, intrigada por el repentino cambio de planes. 

¿Qué pasó Rich?- preguntó ya afuera.

Se encontraban en una calle poco iluminada pero se pararon frente a frente, con un puente detrás por donde circulaban numerosos coches. 

Clarice, mira- empezó Richard- no es fácil lo que tengo que decirte…pero es algo que siento, algo que ya no puedo ocultarte. 

Clarice lo miraba, intuyendo por dónde pasaría la confesión. 

Lo que quiero decir- continuó él- es que me impactaste desde el primer instante en que te vi, Clarice. Y que después de eso, nunca pude dejar de pensar en ti. 

Y… ¿quieres saber lo que siento yo?- preguntó ella. 

Richard sólo asintió con un gesto, expectante de la respuesta de Clarice.

Bueno, la verdad es que yo también siento algo parecido por ti, no puedo mentirte, pero…

Sí, ya lo se- cortó él- estás en una situación difícil.

Exacto- Clarice hizo una pausa- tu conoces bien mi historia, Rich. No puedo ignorar que me haces muy bien, que me encanta tu compañía…por eso te llamé para salir; pero mentiría si te diera alguna esperanza, Richard. No creo que sea posible una relación entre nosotros y…

¿Pero por qué te cierras así?- interrumpió él- ¿por qué no me quieres dar una oportunidad? 

Porque soy casada- lo enfrentó ella, algo irritada.

Con todo mi respeto, Clarice, eso no es un matrimonio- la enfrentó también Rich. 

¿Y tu qué puedes saber de eso?- preguntó ya furiosa. 

Se que un matrimonio son dos personas viviendo juntas y amándose. Pero igual ése no es tu problema, Clarice. Déjalo así- cortó Richard. 

¿Y cuál es mi problema?- preguntó ella.

Los autos pasaban por el puente a gran velocidad, detrás. Pero no iban tan rápido como el corazón de Clarice, que parecía desbocarse. 

Tu problema- la volvió a enfrentar Rich- es que te escondes detrás de lo que le pasó a tu marido para dejar de vivir, para no tomar responsabilidades y pasar desapercibida por la vida; para no sentir nada en absoluto. Porque tienes miedo- continuó con firmeza- de sentir, de sentir algo nuevo y dejar lejos el pasado y el sufrimiento. Te aterra salir del lugar donde te escondiste todos estos años, viendo cómo la vida te pasaba delante de tus ojos. 

Clarice lo observaba y, a medida que hablaba, se le llenaban los ojos de lágrimas. Cada palabra se le clavaba como un cuchillo traicionero por la espalda. 

Se hizo un silencio, hasta en el puente. Clarice se enjugó las lágrimas, se acomodó la bufanda para no sentir más el frío espantoso que sentía y sentenció:

No quiero que nos volvamos a ver, nunca.

Dicho esto, dio media vuelta y caminó un trecho, hasta la parada de taxis. Allí tomó uno y se perdió en la noche de Berlín. 


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