Capítulo 4.
El teléfono de Richard sonaba con insistencia. Lo sacó de su campera luego de un rato de buscarlo, sin recordar dónde lo había puesto.
-Soy Tim, ¿dónde estás?
-Viajando en tren a Luxemburgo, tengo que resolver un asunto ahí- contestó mirando por la ventanilla.
-¿A Luxemburgo?- preguntó Tim- ¡son muchas horas de viaje!
-Es nuestro día libre, ¿no?- sugirió Rich- además sabes que odio volar.
-Sí, claro. Me imagino que debe ser importantísimo para que vayas hasta allí.
Cuando cortó la comunicación, Rich se dio cuenta de que era la locura más grande que había hecho en su vida. Pero no le molestaba, algo le decía que debía ir; y Richard confiaba en su intuición más que en nada.
Clarice trabajaba en su oficina personal pero no podía concentrarse. Las palabras de su amiga, la noche anterior, habían comenzado a hacer el efecto que el mar hacía con las rocas de la orilla: esas verdades empezaron a penetrar lentamente en la oscuridad de su interior, desgastándola.
Escribía en la computadora y atendía el teléfono pero recordar esa conversación no la dejaba en paz. De pronto, cerca de las dos de la tarde, recibió una llamada interna.
-Clarice, recuerda que tienes cita con un cliente en el bar de la esquina- dijo la jefa del otro lado.
-Ah, es verdad. Lo había olvidado, ya me voy.
Clarice no recordaba haber hablado por teléfono con ningún Richard, el único que conocía era el del tren a Berlín pero era imposible que fuera el mismo tipo. Igualmente se encaminó al lugar del encuentro. Tenía puesto un sweater verde y un pantalón azul con unas botas. Caminó lo más rápido que pudo para no ser impuntual.
Entró al bar y comenzó a buscar entre las mesas, viendo si alguien le hacía algún gesto para que lo reconociera. De pronto, sintió una voz detrás de su espalda.
-Me buscas a mí, Clarice.
Ella se dio vuelta de inmediato y no podía creer a quién estaba viendo.
-¿Pero qué haces tú aquí?- preguntó por fin- ¿me estás siguiendo?
-No, no te estoy siguiendo- contestó Rich.
-¿Pero qué tienes en la cabeza?- exclamó Clarice- te dije que…
-Sí, sí. Sé lo que me dijiste pero quiero construirme una casa en este país y por eso llamé- comentó él, acercándose un poco más.
-¿De verdad esperas que crea eso?- preguntó Clarice furiosa- la semana pasada me pediste mi teléfono y ahora dices que me llamas por trabajo…
-¿Me vas a ofrecer los servicios de tu empresa sí o no?- interrumpió Richard.
Clarice se tomó la cabeza y se acomodó el pelo, intentando calmarse.
Invitó a Richard a sentarse en una de las mesas, no tenía alternativa.
-Bien, dime qué tipo de vivienda quieres y dónde la quieres construir.
-Pues para eso debería caminar un poco por la ciudad y fijarme, porque no conozco nada por aquí- sugirió Richard.
-Ya sé: quieres que yo te acompañe- dijo Clarice.
-Si no es mucha molestia- dijo él con una sonrisa.
Clarice no podía negar que él había desarrollado una estrategia muy buena y se preguntó si en realidad no era alguien que quería tomarle el pelo. Después de todo, ella no se consideraba una mujer tan atractiva como para que un tipo hiciera todo eso por ella.
-¿Dónde vives?- preguntó ella.
-En Londres, soy inglés.
-Me imaginaba por tu acento. Y dime una cosa-continuó ella- ¿viniste hasta Luxemburgo sólo por esto?
-Sólo por esto- remarcó él, sonriendo.
-Por la casa- dijo ella, sonriendo también.
-Exactamente- aseguró Richard sin dejar de mirarla.
Clarice lo miró a los ojos y se perdió un instante dentro de ellos. Era innegable que era un hombre atractivo.
-Vamos, entonces- dijo ella levantándose de la silla.
Richard se sorprendió un poco.
- Perfecto- dijo- traje mi cámara de fotos.
Luxemburgo era un país hermoso: tenía pequeños lagos, pues corría el río Alzette por ahí; edificios y construcciones con características medievales y góticas; bosques, colinas, lugares recreativos y playas.
Richard no dejaba de asombrarse con cada cosa que le mostraba Clarice, que servía de guía turística. Sacaron fotos a la catedral de Notre – Dame, a los monumentos de las plazas, al lago, a los antiguos castillos un poco más alejados de la ciudad. Clarice había vuelto a sacar fotos después ocho años, su emoción por volver a las cosas simples que tan feliz la habían hecho se hacía visible en su expresión de felicidad.
Cansados ya de tanto caminar, se sentaron finalmente en la plaza, frente a la catedral. Hacía frío y ya estaba oscureciendo. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.
-¿Y? ¿Te gustó algún lugar de los que están en venta?- preguntó Clarice.
-De hecho, sí- contestó Rich- me gustó ese que está cerca de la colina y de la playa. Sería hermoso tener una casa allí.
-Sí, pero es muy caro. ¿Viste el precio?
-No hay problema por eso, tengo el dinero.
-Pues es mucho dinero. ¿A qué te dedicas?
-Soy músico, en una banda de rock. Toco la batería- contestó Richard.
Clarice se sorprendió un poco con esa novedad. No veía a Richard como un famoso músico, más bien lo veía como una persona simple y corriente. Ni siquiera vestía costosamente.
Richard adivinó sus pensamientos.
-¿Te sorprendí, no?- preguntó- no tengo el perfil de una estrella y Dios me libre de tenerlo algún día.
-Me sorprendes para bien, la verdad- dijo Clarice.
Richard le sonrió, sentado a su lado en el banco de la plaza y Clarice sintió algo muy fuerte en su interior. Algo le estaba pasando con él y no podía negarlo.
-Gracias por la tarde que me diste, Richard. Hacía mucho que no tomaba fotografías y eso me hizo recordar quién era antes- dijo Clarice, conmovida.
-¿Antes de qué?- preguntó Rich.
-Antes del accidente.
Richard supo que algo estaba por salir del interior de Clarice pero consideró prudente callar en ese momento. El silencio fue largo, los automóviles pasaban por la calle con prisa, las personas volvían a sus casas. Ya estaba la noche instalada. Pero Clarice sentía, por primera vez, que era el momento de que se disipara la oscuridad de su vida y así empezar a confiar en alguien.
-Pasó hace ocho años pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer- empezó a relatar- En realidad, Martin y yo nos conocimos en una fiesta, poco después de que yo llegara a esta ciudad para estudiar. Él era mayor que yo, unos diez años. Todo fue rápido, empezamos a salir y al poco tiempo me pidió matrimonio. En ese momento, no dudé. Lo quería. Todo iba perfecto hasta que quedé embarazada y él no se puso muy contento. Discutíamos todos los días porque Martin seguía viendo a su exmujer, a escondidas. Según él, porque ella tenía muchos problemas. El día del accidente volvimos a discutir por lo mismo y yo salí de casa hecha una furia, tomé las llaves de la camioneta y me fui. Manejaba como una loca, desesperada, fuera de mí. Martin me siguió en su auto y al parecer sus frenos fallaron y el auto cayó por una pendiente. Llamé inmediatamente a una ambulancia. Como había sucedido cerca de la frontera con Alemania, lo llevaron al hospital más cercano de ese país y luego, al de Berlín. Nunca más lo pude traer a Luxemburgo porque sería peligroso para él- Clarice hizo una pausa para contener la emoción- ha estado en coma desde entonces. Los médicos dicen que puede estar así para siempre o que algún día puede despertar, no se sabe- terminó.
-¿Y el bebé que esperabas, Clarice?- preguntó Rich, también conmovido por el relato.
Lo perdí- dijo bajando la cabeza- ese mismo día me dio una hemorragia y lo perdí.
-Y ahora te sientes culpable por lo que le sucedió a tu esposo, ¿verdad? Y también al bebé…- dijo Richard
-Cada día de mi vida- contestó ella- lo llevé directo a la muerte y lo que es peor: a la muerte en vida. Y además, por eso perdí a mi hijo- dijo tomándose la cabeza- yo fui la culpable de todo.
-Pues yo no creo que tengas la culpa, Clarice. Tú no podías saber lo que iba a pasar, ¿o sí? Además, tu marido no colaboró con la situación ni te cuidó, con todo ese asunto de su ex.
-Puede ser…pero ahora el que está en esa cama es él, no yo.
Richard se dio cuenta de que era imposible tratar de convencerla en ese momento. En cambio, dijo que su tren a Londres partiría en breve y que se tenía que ir.
Se despidieron allí, en la plaza.
-Perdón por agobiarte con mis problemas- pidió Clarice.
-No me molestaste, al contrario: me halaga que hayas confiado en mi, Clarice. ¿Podemos seguir en contacto?- preguntó- si no te incomoda, claro.
Clarice tenía que tomar una decisión en ese mismo instante y dudó…
-Seguro, podemos- dijo al final.
Extrajo una pequeña libreta de su bolso y anotó ahí su teléfono celular. Le extendió el papel a Richard.
Él se subió a un taxi y finalmente se fue.
Clarice volvió caminando a su casa y se convenció de que un hombre tan maravilloso y lleno de vida, jamás iba mezclarse con alguien como ella. Eso sólo pasaba en los cuentos, en las historias de ficción. No en la vida real.
Capítulo 5.
El tren avanzaba hacia Londres otra vez. Era de noche y Richard quería concentrarse en escribir una canción en un pequeño anotador que llevaba, pero la historia que le había contado Clarice se le presentaba continuamente, como uno de esos recuerdos que vienen a la cabeza una y otra vez, sin que podamos evitarlos. Nunca hubiera esperado que las cosas se plantearan así. Ahora entendía el por qué de sus desplantes y reacciones; lo que le había pasado a su esposo era muy grave. Sin duda, ella se encontraba unida a él más por la culpa que por el amor y ese sentimiento de responsabilidad por lo que había pasado que tenía Clarice, no sería fácil de vencer. Más bien,imposible. Intentaba ponerse en el lugar de ella y no podía, no se lo imaginaba.
En este punto, Richard comenzó a replantearse si sería conveniente seguir desarrollando algún tipo de relación con Clarice. No quería salir herido y tampoco quería que ella sufriera más todavía. ¿Qué haría? En sus sentimientos más íntimos y escondidos, sabía que sentía por ella algo muy distinto, algo especial, pues Clarice era una mujer especial. Lo que no sabía era hasta dónde ese sentimiento lo iba a llevar o hasta dónde él iba a poder controlarlo.
Llegó a su casa a las nueve de la noche. Aquél no había sido un día corriente o común…Clarice pensó que era sorprendente cómo la vida se proyectaba: durante años es posible vivir de la misma manera sin que nada nos emocione, nos cambie, o nos reavive…y de pronto, con la misma ligereza y fuerza con que se aviva una llama de fuego, así nos sorprende el destino. Nunca había planeado su encuentro con Richard en el tren, ni luego su breve diálogo en el bar. Jamás había imaginado que él haría semejante viaje sólo para verla a ella y, muy a su pesar, Clarice se daba cuenta de que tenía con él una conexión muy especial, que trascendía las superficiales fronteras de la atracción física y se movía hacia el terreno de los sentimientos. Nunca había conocido a nadie como él, con ese sentido del humor mezclado con convicciones fuertes acerca de la realidad y del mundo.
Se tiró arriba de la cama, vestida como estaba, y cerró los ojos. Se dio cuenta de que ya no había marcha atrás…pensó que, aunque quisiera, ya no podría rechazar su compañía pues un poco de él ya se había metido dentro de ella. Era lo más extraño que Clarice había sentido jamás por alguien y eso la asustó un poco…después de muchos minutos en silencio, empezó a pensar en sus labios y en qué sentiría si los tocara, si los besara…
El teléfono sonó y la devolvió a la realidad.
Hola- contestó Clarice.
Hola, soy yo- dijo Susan del otro lado- Clarice me quedé muy mal después de nuestra charla de anoche, te quiero pedir perdón, de verdad.
No te preocupes, no me pidas perdón- dijo Clarice- tú me quieres ayudar y yo te entiendo.
¿De verdad? ¡No sabes el alivio que siento!
Sí, de verdad. Hoy estuve pensando en lo que me dijiste, durante todo el día y la verdad es que puede que tengas razón- concedió Clarice.
Me alegra que lo hayas pensado, Clarice. Y dime, ¿el cambio se debe sólo a mis palabras o hay algo más?- preguntó Susan.
¿Qué más puede haber, Susan?- mintió Clarice- es sólo eso.
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Dos semanas después.
Iban camino a Berlín otra vez, en el tren. Richard no hablaba, los demás reían y comentaban diferentes cosas a su alrededor pero él se mantenía en silencio, pensando. Pensaba en que en esas dos semanas no se había atrevido a llamar a Clarice. No les había contado nada a sus amigos todavía, pues le parecía que primero debía meditarlo él para después pedir una opinión ajena. Los demás notaban su hermetismo de las últimas semanas pero ya lo conocían y sabían que pronto contaría lo que le estaba pasando.
De pronto, los altavoces del tren anunciaron Luxemburgo. Richard pareció salir de su ensimismamiento.
¿Qué día es hoy?- preguntó dando un salto en el asiento.
Hoy es lunes, Rich- contestó Tim algo sorprendido.
Richard miró inmediatamente hacia el lugar donde estaba subiendo la gente…y la vio. Para él era como una aparición, como un espejismo. A veces sentía que ella no era real, porque de otra manera no se explicaba qué magnetismo secreto o invisible fuerza lo llevaba hasta Clarice. Con ninguna mujer le había pasado jamás eso.
Mientras él sentía todo eso; Clarice se acomodó en su asiento habitual. Estaba triste otra vez, sola. Sus pronósticos se habían cumplido, pues Richard no había llamado nunca. Odiaba la idea de extrañarlo, porque él no era más que un desconocido con el que había pasado una linda tarde...y todo se había quedado en eso y nada más. Por otro lado, le parecía mejor que así fuera.
Clarice sintió que alguien la estaba observando y cuando levantó la cabeza, vio a Richard. Experimentó una rara alegría en su interior por volver a verlo pero no lo exteriorizó en su expresión: apenas lo saludó moviendo la cabeza. Richard le devolvió el saludo y le agregó una leve sonrisa. Clarice desvió la mirada.
Al cabo de unos quince minutos, Rich se decidió y se paró de su asiento. Fue hasta donde estaba ella y se sentó en el asiento contiguo, que estaba vacío. Clarice lo miró sin decir nada.
Hola, Clarice, ¿cómo has estado?- preguntó.
Muy bien ¿y tú?
Bien. Perdóname por no haberte llamado pero he estado ocupado- se excusó Rich.
No te preocupes- dijo ella.
Traigo conmigo las fotos que sacamos- dijo él, extrayéndolas del bolsillo de su campera.
Clarice empezó a mirar las fotos y a sonreír recordando los momentos en que las habían sacado. Se aproximaban cada vez más sus cuerpos mientras miraban las fotos, uno muy cerca del otro.
De verdad que eres muy buena sacando fotos- comentó Richard bastante impresionado.
Clarice giró la cabeza para agradecerle y sus rostros quedaron casi juntos.
No hay mucha ciencia- dijo ella, tragando un poco de saliva- estudié fotografía.
Pero eso no es todo, además tienes que ser creativo y tener otra mirada de las cosas- contestó él, mirándola a los ojos.
Es verdad, Richard. Y yo creo firmemente que tú tienes otra mirada de las cosas.
¿Sí?- preguntó Rich.
Sí, absolutamente. No te conozco casi…pero podría jurar que tú eres alguien que busca más allá de las cosas aparentes, que ves todo de otra manera.
Richard continuaba mirándola pero no sabía qué contestarle, ni siquiera podía pensar en algo inteligente para decir en ese momento y que lo hiciera quedar bien ante los ojos de ella. Clarice no era ese tipo de mujer, no necesitaba que un hombre la impresionara, sino que fuera auténtico. Y Richard se encontraba atontado por la presencia de ella, sintiendo un vehemente deseo de besarla hasta quitarle el aliento.
Bien- dijo Clarice alejándose un poco de él- gracias por mostrarme las fotos.
¿Quieres tomar café, Clarice?- invitó Rich.
Está bien- concedió ella- y puedes contarme algo más de ti, de paso.
Richard sonrió ampliamente y fue a buscar el café.
Charlaron durante horas y parecía que la conversación nunca se terminaba. Cuando el tren se detuvo en Berlín, cada cual tomó su rumbo; pero una cosa era cierta: sus caminos en la vida se habían cruzado y nada iba a poder detener ya esa fusión.
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