Capítulo 14.
Los días en América habían pasado casi como un soplo para Richard. Nunca había imaginado antes que le costaría tanto separarse de una mujer y que extrañaría tanto su presencia. La ausencia de Clarice se le había hecho casi insuperable durante esos pocos días. Todas las cosas que veía o escuchaba le recordaban a ella. La llamaba por teléfono para escuchar su voz y su calidez lo envolvía por completo, como la fragancia de las rosas en la primavera.
Ni bien llegó a Londres tomó el tren a Luxemburgo, el primero que encontró. Su prisa por verla se acrecentaba a medida que el tren se acercaba a la ciudad pero no le había contado nada a Clarice de su inminente llegada; Rich quería darle la sorpresa.
Descendió a eso de las 11 de la noche. A pesar de ser verano, no había tanta gente en las calles pues se trataba de un día laborable.
Richard tomó un taxi y llegó a la casa de Clarice. Las luces estaban encendidas, señal de que ella estaba allí. Tocó el timbre y se escondió detrás de un árbol que había en la entrada. Clarice abrió la puerta y se extrañó por no ver a nadie, miró hacia todos lados y cuando dio media vuelta para volver a entrar, Richard la tomó de la cintura por detrás y ambos cayeron al piso entre risas.
Clarice le dio un beso de bienvenida allí mismo, sobre la alfombra.
¡Me has engañado!- le dijo ella- creía que todavía estabas en América.
Quise darte la sorpresa- dijo él, levantándose del piso.
Pues lo lograste.
Se sentaron en uno de los sillones y empezaron a hablar de todo lo ocurrido en esos días. Richard contó que el disco ya estaba terminado y que tendrían un periodo de vacaciones de pocas semanas. Clarice se alegró por esa novedad y le confesó cuánto lo había extrañado. El diálogo comenzó a ponerse un tanto más ríspido cuando ella comenzó a hablar de sus visitas a Berlín.
No te entiendo Clarice- dijo Richard- ¿estás conmigo o todavía con él?
Yo no te entiendo a ti- manifestó ella- ya te dije lo que siento por ti y sabes que estamos juntos. Pero él es todavía mi esposo- dijo en cambio- y no tiene a nadie que se preocupe por él ni vaya a verlo. Sería muy desagradable de mi parte que lo abandonara ahora.
Richard guardó silencio. Sabía, internamente, que ella tenía razón pero no podía con sus celos.
- ¿Y qué pasaría si él despertara?- se atrevió a preguntar por fin.
- No puedo ver el futuro, Rich…pero te aseguro que, a su tiempo, hablaría con él para decirle que ya no hay nada entre nosotros.
- ¿En verdad harías eso?
- Te lo aseguro- aseveró Clarice.
Richard sabía que ella era sincera, que su amor era verdadero. Podía leer en sus ojos que él era el único hombre que le importaba, más allá de cualquier otra cosa.
Sintió el calor que provenía de la piel de Clarice y se aproximó a ella para envolverse otra vez en ese intenso suspiro de pasión en el que se encontraban. Sus manos se unieron y sus labios también, buscando avivar el deseo que los había estado torturando esos días separados.
Clarice apagó la única luz que se encontraba encendida en la casa y volvió a unirse con él en el sillón. Richard le acarició el cuerpo ya desnudo, sintiendo cada espacio de su piel como propio, intensamente.
La luz de la luna, colándose por los ventanales, le agregaba quizás un toque místico al encuentro amoroso. Clarice se aferró a la espalda de él y cerró los ojos para experimentar mejor el sinfín de sensaciones que Rich le provocaba.
Permanecieron los dos desnudos, sobre el sillón. La luz de la luna seguía iluminándolos.
¿Te gustaría tener hijos algún día, amor?- preguntó Clarice después de mucho tiempo de silencio.
Mira, siempre dije que no quería tener hijos. Si te pones a pensarlo, es una locura traer niños a este mundo enfermo.
Pues a mí sí me gustaría tener un hijo, Richard- dijo ella, algo decepcionada- un hijo es un milagro.
Bueno, no te pongas así- pidió él- ya habrá tiempo para hablar de eso. Además- dijo, cambiando de tema- te traje lo que te prometí.
Richard se incorporó y volvió a vestirse; Clarice hizo lo mismo.
Te traje las cámaras fotográficas- afirmó, sacándolas del bolso.
Clarice estaba feliz y se dispuso a probar cada una de las cámaras. Se sacó infinidad de fotos con Richard y él le enseñó cómo manejar funciones de algunas más sofisticadas. Con esas cámaras, Clarice imaginó que sería cuestión de poco tiempo tener su propio estudio fotográfico y dejar por fin ese trabajo aburrido.
Eran las dos de la mañana y, sin embargo, Clarice llamó a Susan por teléfono para contarle las novedades. Habló un buen rato, ante el asombro de Richard, y después colgó.
Mi amor, entiendo que sea tu mejor amiga, ¿pero te atiende a las dos de la madrugada?- preguntó asombrado.
Sí, ella sufre de insomnio- dijo Clarice- así que no tiene problema.
¿Tampoco tiene una pareja que se moleste por eso?
No, nunca le conocí una pareja formal a Su, todos fueron ocasionales- respondió Clarice.
Es raro…- reflexionó Richard.
No si sabes lo que le pasó…
Richard la miró, intrigado.
Fue una noche de verano, teníamos catorce años- empezó Clarice- y permiso de nuestras madres para salir, pero debíamos volver temprano. Después de bailar, insistí para irnos a casa pero Susan dijo que podíamos ir un rato al lago a fumar. La idea no me gustaba, pero finalmente me convenció y fuimos- Clarice apretó las manos- Allí estuvimos bastante tiempo…y cuando nos íbamos apareció un tipo con un arma que nos obligó a desnudarnos…Susan lloraba y se sacaba la ropa, mientras que yo no me movía, no me desvestía…de verdad que estaba paralizada por el miedo. Así que el tipo se acercó más a mí y me gritaba que me desvistiera o me mataría. En esa locura, soltó su arma y quiso usar la fuerza, entonces empecé a correr y agarré a Susan del brazo- Clarice lo contaba con los ojos cerrados, como reviviendo cada escena- corrimos y corrimos, hasta que ella se tropezó, quise levantarla y no pude. El tipo se tiró sobre nosotras y sólo yo pude escapar…
¿Y la violó?- preguntó Richard, con temor.
Clarice afirmó con un gesto.
Yo fui a pedir ayuda, pero cuando llegamos ya era tarde- contestó llorando.
Y qué mas podías hacer- acotó Rich, conmovido- ¿por lo menos atraparon al desgraciado?
Sí- dijo ella- todavía está preso. Pero Susan no ha podido conformar una pareja nunca. Se la ha pasado en el psicólogo desde entonces.
Pobre mujer, imagino que debe ser algo espantoso- reflexionó él.
Pero en ese momento, Richard no imaginaba hasta qué punto esa revelación que acababa de hacerle Clarice iba a ser crucial para la vida de ambos. No sabía que detrás de toda la historia de Susan y Clarice se escondían secretos aún más oscuros y profundos que ése.
Capítulo 15.
Dos meses después…
Se acercaba el final del verano cuando Clarice terminó de montar su propio negocio. Richard la había ayudado a conseguir el lugar y el precio más conveniente. Susan había decorado todo con colores opacos, como a Clarice le gustaba. Todo iba de maravillas: ya la habían contratado para sacar fotografías en una convención de salud muy importante de Luxemburgo y diferentes artistas se habían mostrado interesados en su técnica para tomar fotos. Clarice se especializaba en tomar fotografías artísticas o que expresaran algo más allá de lo visible u obvio.
Hablaba por teléfono todos los días con Richard, que se encontraba en una larga gira por Europa. A pesar de extrañarlo horriblemente, Clarice se sentía feliz con su nuevo emprendimiento y así pasaban calmadamente sus días.
A Berlín ya no iba los martes sino el día en que su nuevo trabajo se lo permitiera. Martin continuaba en la misma situación y Clarice ya no esperaba cambios ni soñaba con que despertara. Se habían acercado de un diario para pedirle su testimonio acerca de él pero ella se negó rotundamente. El doctor había vuelto a insinuar la posibilidad de desconectar el respirador, pero Clarice respondió con la misma negativa. Ella pensaba que no tenía derecho a decidir sobre la vida de Martin, y creía que su muerte debía ser natural, sin intervenciones humanas.
Era un día lunes cuando el final de esta historia comenzó a tejerse. Clarice estaba en su negocio, tomando café, con una temperatura ambiente de 15 grados y el otoño sintiéndose cada vez más cerca. Estaba nublado y ventoso, cerca de las cinco de la tarde.
Susan entró y dejó su bufanda colgada.
¡Hace tanto frío! – exclamó
Sí, realmente- dijo Clarice.
¿Te pasa algo?- preguntó Susan, observándola bien
No, nada- dijo Clarice- sólo tengo un malestar estomacal, creo que me cayó mal el almuerzo.
Estás pálida- observó Susan- ¿por qué no te vas a tu casa?
No, no puedo cerrar el negocio hasta las 8- respondió Clarice- podrían venir clientes.
Yo me quedaré- afirmó Susan- y si vienen clientes, me fijaré en tu agenda tus horarios y arreglaré todo.
Clarice dudó un poco pero Susan insistió y tuvo que aceptar. Le agradeció a su amiga por cubrirla y salió del negocio.
**********************************************
Pisaba las hojas del parque con las botas, a medida que se acercaba a casa. Siempre le había gustado hacerlo, desde niña. Le encantaba el crujir de las hojas secas bajo los pies, la remontaba a su infancia, a sus calles. Pensó en qué estaría haciendo Richard en ese momento…rogaba que no encontrara a otra mujer para reemplazarla y era inevitable para ella convivir con los celos, pero trataba de no pensar en ello. Aunque era imposible no pensar en Richard en ese instante o en esa circunstancia…
Antes de llegar a su casa, pasó por la farmacia. Lo había postergado durante semanas, pero era el momento de hacerlo.
Llegó a casa y dejó sus cosas, al tiempo que encendía las luces. Extrajo la pequeña caja que había comprado y leyó cuidadosamente las instrucciones. Se dirigió al baño y cumplió con todos los pasos a seguir. Estaba sentada allí, esperando…pero no sabía lo que esperaba, no sabía lo que quería. Ella quería tener un hijo pero Richard no; ya se lo había dejado claro. ¿Y qué pasaría entonces si ella estaba embarazada? ¿Qué haría él? Los minutos transcurrían con una lentitud desesperante.
Finalmente, extrajo la muestra y observó, temblando y conteniendo el aliento, las dos líneas. Estaba embarazada. Pensó mil cosas al mismo tiempo, y todas ellas fueron interrumpidas por el sonido del teléfono.
Con la muestra todavía en la mano, se dirigió a contestar.
Hola- dijo inexpresivamente
¡Hola Clarice!- exclamó un hombre del otro lado
¿Quién habla?- contestó confundida
Soy el doctor Shelley
Ah, doctor… ¿pasó algo con Martin?
¡Sí!- exclamó el médico- ¡despertó, Clarice! Martin ha despertado
Permaneció boquiabierta, sin poder reaccionar, hasta que la vista se le empezó a nublar. La casa completa comenzó a dar vueltas a su alrededor y Clarice se desplomó sobre el piso, desmayada.
Aún sostenía la prueba de embarazo en la mano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario