Capítulo 12.
El día era perfecto: soleado y con una temperatura más que agradable. Caminaban de la mano, recorriendo la ciudad y regalándose mutuamente todo el amor que por tanto tiempo habían reprimido.
Clarice bromeó acerca de la capacidad de Richard de pronosticar el tiempo, preguntándole si ese día llovería o no. Él siempre tenía una salida inteligente y graciosa para responderle, lo que los llevaba inevitablemente a soltar una carcajada espontánea.
Clarice nunca se había sentido tan plena y dichosa, no recordaba haberse sentido de esa forma ni siquiera con Martin.
Richard se daba cuenta de que tampoco había sentido nunca algo parecido por ninguna otra mujer. Él había salido con muchas, algunas ocasionales y otras, formales; pero lo que sentía por Clarice era abismalmente diferente y superior. Rich sabía que él siempre debería convivir con el miedo de que Martin despertara, pero prefería asumir ese riesgo a perderla.
Llegaron hasta una feria de artesanos y comenzaron a caminar por todos los puestos.
¿Y vas a comprarte el terreno que vimos aquélla vez?- preguntó Clarice.
Si, creo que sí. ¿Tú quieres que lo compre?- dijo él, sonriendo.
-Podrías comprarlo, así estamos más cerca- contestó ella, rodeándole el cuello con los brazos.
-Bueno, tampoco vamos a vivir toda la vida separados, ¿no?- dijo él, mientras la abrazaba por la cintura- algún día vamos a vivir juntos…
-Supongo que sí- dijo Clarice.
Hizo una pausa, mirándolo a los ojos.
-Te voy a extrañar cuando te vayas esta noche, Rich.
-Yo también, mi amor- respondió él- pero me tengo que ir con la banda a Estados Unidos, es inevitable.
-Sí, ya lo se- dijo ella, resignada- y yo tendré que volver a mi trabajo mañana.
-Pues yo creo que ya es hora de que dejes ese trabajo que odias y pongas un estudio fotográfico, ¿o no?
Clarice volvió a sonreír.
-No sé…no es mala idea, pero tendría que conseguir un buen lugar y máquinas más profesionales.
-Máquinas es lo que tengo de sobra en casa. La próxima, te las traigo.
-¿Y cuánto vas a tardar en volver?- preguntó ella.
-Una semana o diez días a más tardar- contestó Richard- pero te prometo que lo primero que voy a hacer es venir a verte.
Una hora más tarde, se dieron un largo e intenso beso de despedida aguardando la partida del tren. En avión era mucho más corto el viaje, pero Rich odiaba volar.
El tren se alejó, por fin, y Clarice se sintió algo vacía sin él, pero sabía que tendría que acostumbrarse a aquella vida si deseaba permanecer a su lado por mucho tiempo.
Llegó el lunes por fin. Costaba levantarse y despojarse de todas las emociones vividas en el fin de semana para volver a la rutina. Clarice entró a la oficina con un semblante nuevo y definitivamente con otra actitud. Ese lunes sería muy diferente desde el comienzo hasta el final y ella sabía, íntimamente, que al día siguiente le tocaría enfrentar una situación no muy grata, pero necesaria.
Trabajó normalmente hasta las 20. 30 h y se dirigió, como cada lunes, a tomar el tren a Berlín. Iba triste, tal vez melancólica, pero no dio un paso atrás. Mientras el tren avanzaba, Clarice pensaba que ya era hora de pensar un poco en ella, aunque aquello sonara egoísta. Lo que le había pasado a Martin era espantoso, horrible… pero ella no tenía la culpa. Ella no había cortado los frenos del automóvil, ella no había inventado que él veía a otra mujer. En realidad, lo que Clarice había imaginado, durante casi nueve años, era que Martin y ella eran el matrimonio perfecto, que él era fiel, que no le mentía, ni la maltrataba. El dolor por haber perdido a su hijo y el accidente de su esposo, la habían llevado a crear un mundo de fantasía, ideal, pero que sólo había existido en su cabeza durante ese tiempo. A cualquier persona que Clarice veía en el hospital o en su trabajo, le contaba lo buen esposo que Martin había sido, lo mucho que se amaban…pero en el rincón más profundo de su ser, ella sabía que mentía; que había mentido una y otra vez, de forma conciente y reiterada, hasta creerse ella misma esa mentira, hasta convencerse a sí misma de esa fantasía.
La realidad era, precisamente, que Martin y Clarice se habían conocido en un bar nocturno, que habían intercambiado números telefónicos y que ella se había sentido atraída por él, tal vez por ser de mayor edad. Que en poco tiempo, él decidió que se casarían y que ella lo aceptó. Que Martin no quería tener hijos, armó un escándalo cuando supo que Clarice estaba embarazada, y que, además, nunca había dejado de frecuentar a su exmujer.
Mientras el tren seguía avanzando, Clarice lloraba de rabia y de dolor, al recordar cómo habían sido las cosas en realidad. Pero dejó la tristeza a un lado cuando recordó que ahora tenía a alguien que la había devuelto a la vida y a la realidad, alguien a quien amaba profundamente. Por primera vez y de verdad.
Capítulo 13.
Llegó al hospital el martes muy temprano. Caminó de forma segura y decidida, esta vez no sería como las anteriores, habría un antes y un después.
Entró a la habitación, donde una enfermera estaba terminando de acomodar la cama. La mujer la saludó cordialmente y le preguntó cómo había estado el viaje, como de costumbre. Cuando la enfermera dejó la habitación, Clarice dejó su bolso y se sentó en la silla, junto a la cama. Ella sabía que Martin podía escucharla, el doctor se lo había repetido todo ese tiempo. Le tomó la mano, gélida y pálida.
Hola Martin- empezó a hablar- Todo ha ido bien esta semana, hubo algunos cambios, algunas cosas pasaron…en este último tiempo hubo cosas que modificaron mi vida, de muchas maneras-Clarice cerró los ojos y guardó silencio un minuto- Quiero decirte que te perdono por todo lo que pasó, por lo que me hiciste. Que nadie se merece lo que te está pasando a ti, yo lo sé- dijo escapándosele una lágrima- pero que yo debo seguir con mi vida. Tengo que continuar, Martin, aunque me cueste- apretó un poco más la mano de él y continuó- yo voy a seguir viniendo todos los martes, igual. Quiero que sepas que no te voy a abandonar, voy a seguir aquí firme, junto a ti.
Martin permanecía igual, impasible. Sin mostrar rasgos de vida, de asombro o de dolor.
Ese día Clarice se fue de Berlín más temprano que de costumbre. Ya no se quedaría hasta entrada la tarde, como solía hacerlo.
Cuando volvía en el tren a Luxemburgo, sintió que había hecho lo correcto, lo que debía hacer. No sabía si era verdad que él la escuchaba pero al menos tenía el consuelo de haber expresado sus sentimientos de forma genuina.
Dio un suspiro de alivio y se durmió con el ruido del viento que silbaba estruendosamente a su alrededor.
Al día siguiente, Clarice y Susan tomaban el té en un bar, en las afueras de la ciudad. Susan no salía de su asombro al escuchar a Clarice contar su encuentro sexual con Richard en un cine destruido.
¡No puedo creer que hiciste eso!- le decía entre risas.
No te rías tanto- pidió Clarice- me avergüenza un poco haberlo hecho.
No tienes de qué avergonzarte, por favor- pidió Susan- hiciste lo que tenías ganas de hacer.
El mozo trajo más té y las interrumpió un momento.
¿Fuiste a Berlín ayer?- retomó la palabra Susan
Si.
¿Y?
-Todo sigue igual- respondió Clarice- pero a partir de lo de Richard me di cuenta de que no podía seguir engañándome, pretendiendo que todo estaba bien.
-No te entiendo.
-Tú sabes bien que Martin y yo nunca fuimos felices, siempre con esa mujer acechando. Sabes que le dije mil veces que la denunciara, que dejara de darle dinero, que dejara de verla, y nunca me hizo caso.
-Me acuerdo perfectamente- dijo Susan- yo viví todo eso contigo. Como también recuerdo el escándalo que armó cuando quedaste embarazada y te gritó que no lo quería tener.
Clarice bajó la cabeza, volviendo al dolor de ese momento.
-Ayer le dije que lo perdono- retomó la palabra- que lo perdono y que voy a seguir yendo a verlo. Pero que mi vida sigue y que el amor con él se acabó.
-Me parece perfecto, Clarice. Es lo que tendrías que haber hecho hace bastante tiempo- remarcó Susan- lo que no entiendo es por qué te empeñaste todos estos años en verlo como a un dios.
-No se, Susan- contestó Clarice- tal vez porque me sentía responsable del accidente.
-¿Vas a empezar con eso otra vez?- cortó Susan.
-Es que hay algo que nunca te dije…- insinuó Clarice.
Susan la miró...
-El día del accidente, por la mañana, salí a hacer compras en el auto de Martin. Cuando salí del negocio donde había parado, vi que en el vidrio delantero habían escrito “Puta” con lápiz labial. Me imaginé inmediatamente que era esa mujer y borré la inscripción con un poco de alcohol- siguió Clarice- cuando volvía a casa, noté que los frenos fallaban…
-¿Pero cómo no te pasó nada, entonces?- interrumpió Susan, horrorizada.
-Porque conducía muy lentamente y había poco tránsito. Llegué a casa de milagro y choqué contra la puerta de nuestro garage. No fue nada, en sí.
¿Y no le dijiste a Martin lo de los frenos?- preguntó Susan.
-Claro que le dije, le conté todo. Pero él dijo que eran inventos míos para justificar que había chocado, y empezó a gritarme que no sabía manejar, que era una inútil, y todo lo demás.
-Pues entonces, ¿qué culpa tienes tu? ¡ninguna!- exclamó Susan- merecido tiene lo que le pasó, por subestimarte.
¡Susan!- exclamó Clarice, reprobando ese comentario
Sabes que tengo razón- acotó ella- ¿y a la policía se lo dijiste?
-Si, pero no me hicieron caso. Concluyeron en que fue un accidente y punto.
-Bueno, lo importante es que esa mujer no volvió a molestarte, ¿no?
-No, nunca. Martin siempre la nombraba, creo que se llamaba Lucy- recordó Clarice.
-Bueno, eso ahora ya pasó. Lo importante es tu presente, ¿verdad?
Clarice sonrió nuevamente al recordar a su amor… ¿qué estaría haciendo en América?
Donde se encontrara, lo único que deseaba era que estuviera pensando en ella.
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