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sábado, 16 de mayo de 2026

Extraños. Capítulos 10 y 11.

 Capítulo 10.  


No va a llover- explicaba Richard, sentado ya en el restaurante frente a Clarice- para eso tiene que bajar mucho más la presión atmosférica.

Clarice miró por la ventana, hacia el cielo. Volvió a mirar a Rich y le dijo.

¿Estás seguro? Mira que hay muchas nubes…

Estás hablando con un profesor de Geografía, Clarice- río él

Me olvidaba- rió ella también- profesor de Geografía, baterista, fotógrafo, ¿algo más?

Sí- dijo él con un poco más de seriedad- enamorado de ti. 

Clarice sonrió levemente. 

Yo también te amo, Richard. Y sabes que no lo diría si no es cierto, ¿verdad?

Lo se, Clarice. Se que esto es duro para ti, por eso quiero que me digas cómo seguimos esto. Quiero que lo manejes tú. 

No sé…ahora estoy un poco aturdida. Pero podemos ser una pareja, ¿no?

Podemos serlo a partir de este momento, sí- afirmó él- puedes venir a mi casa o yo ir a la tuya, como quieras. También tengo una casa en el campo, te va encantar cuando la conozcas. 

Llegó la cena en ese instante. 

¿Tú piensas comer eso?- dijo ella observando su menú vegetariano. 

Así es. ¿Quieres un poquito?

No gracias, no me gusta esa comida- afirmó ella. 

¡Menos mal que te gusto yo!- rió Richard. 

Clarice rió también y se dispuso a comer. No creía todavía que estaba allí, con él, como muchas veces lo había imaginado. De pronto, se acordó de Martin. Su semblante mutó un instante y se paralizó un momento. ¿Qué le iba a decir si algún día despertaba? ¿Que se había enamorado perdidamente de otro, mientras él estaba casi muerto? ¿Qué iba a responder él…? No había otra explicación para dar más que la verdad, pero esa verdad sería para Martin muy difícil de aceptar…

¿Qué te pasa?- interrumpió él su silencio. 

Nada…-dijo Clarice, reaccionando- que me acordé de que en dos horas sale el tren, y me tengo que ir.

Se levantó y Rich detrás de ella. 

¿Te vas?- preguntó él, extrañado

Sí, me voy.

Ok- dijo él, pagando la cuenta- mi casa está cerca, ¿vamos?

No, prefiero que no- afirmó Clarice

Pero faltan dos horas para que salga el tren, ¿qué vamos a hacer?

Caminemos por ahí- propuso ella.

Richard notó la tensión que ella sentía y también se dio cuenta de que le tenía miedo, pero no podía entender por qué. 

Mientras caminaban, ya casi de madrugada en Londres, Clarice no hablaba. Él la abrazó y ella dejó que lo hiciera, pero sin dudas, algo estaba mal. 

Llegaron a un viejo cine, casi en ruinas, en una calle poco transitada. Se escuchaba sólo el ruido del viento, silbando en las copas de los árboles y algún que otro automóvil, a lo lejos. Richard le dio la mano a Clarice y la invitó a entrar con él. 

¿No está prohibido entrar aquí?- preguntó.

Nadie nos puede ver a esta hora- contestó Richard. 

Entraron con cuidado y vieron que aún estaban la pantalla inmensa y las butacas. El lugar tenía una atmósfera muy cálida, hasta parecía que todavía se escuchaba el ruido de los aplausos del público, luego del final de una gran película. 

Se sentaron y la luz era muy poca. Hubo un silencio y después Richard empezó a hablar.

-Este cine pertenecía a un hombre que empezó muy de abajo y que tenía el sueño, desde niño, de tenerlo. Durante años  fue el más concurrido de Londres. El hombre cobraba la entrada mucho más barata porque quería que la gente fuera al cine, no le interesaba el rédito económico.

Clarice escuchaba atentamente, mirándolo.

El problema fue- continuó Rich- que un día perdió a alguien muy querido por él y con ello, el interés por todas las demás cosas, incluso por el cine. Se hizo jugador, bebedor compulsivo y perdió todo el dinero que tenía. Ahora vive en la calle- continuó Rich- y nunca más pudo sobreponerse. La pregunta es, Clarice ¿tienes miedo de que le pase lo mismo a Martin?- dijo enfrentándola- ¿tienes miedo de que despierte y no pueda sobreponerse a la idea de vivir sin ti?

Clarice no había imaginado para dónde iba la historia o con qué fin. Guardó silencio bastante tiempo, hasta que tuvo una respuesta. 

-Sí, tengo miedo, la verdad. Yo sé que te amo, Richard- dijo en cambio- y que por él también siento amor, pero no como de una mujer a un hombre. El problema es- continuó Clarice- que no sé si él lo va a entender. 

-Pero tampoco sería justo que lo engañaras, diciéndole que tu amor por él sigue intacto y quedándote con él por pena, ¿o no?- planteó Rich. 

-No, claro que no. Lo que siento por ti, creo que lo sentí desde el primer día que te vi, en el tren…y no puedo hacer nada con eso- reflexionó ella- no puedo cambiar mi corazón. 

Richard le tomó el rostro y la besó otra vez. Con un movimiento certero, la hizo sentar encima de él. Una gota de lluvia cayó sobre los dos. Clarice separó su boca de la de él y miró hacia arriba.

¿Ves que te equivocaste? Está lloviendo- dijo casi susurrando- hay una gotera en el techo. 

Hace mucho que dejé de ser profesor- acotó él, que estaba más ocupado en bajarle el cierre del vestido. 

Eso es cierto- respondió ella, deslizando una mano por debajo de la camisa de él.

Clarice sintió la mano cálida de Rich en su espalda y la boca de él en su cuello. Respiraban los dos cada vez con más dificultad y se fueron envolviendo lentamente uno en el otro, como en una simbiosis. Ella le desabrochó el pantalón, en el frenesí de la pasión y luego se acomodó de mejor manera sobre él. Se tomó fuertemente de su espalda, aunque se sentía un poco incómoda con la posición. 

Te dije que fuéramos a mi casa- le susurró Richard en el oído, entrecortadamente. 

Así es mejor, mi amor- balbuceó ella

El sudor les perlaba el rostro y se empapaban un poco más con las gotas de lluvia que caían del techo. Ella se movía sobre él, cada vez más rápidamente. Richard escuchaba los quejidos de Clarice en su oído; pegada a él por el sudor y la excitación. Le terminó de quitar le vestido y él se sacó la camisa. No existía una sensación más placentera que sentir la piel desnuda de ella, en contacto con la suya. 

Afuera, la lluvia comenzó a caer más intensamente. En el viejo cine se escuchaba el sonido del agua cayendo como una catarata, y también se oían las quejas y movimientos de los dos amantes, que estaban por llegar al clímax. 

Una brisa amenizó la noche y detuvo la lluvia cuando todo terminó. Clarice emitió un profundo suspiro y se paró para volver a vestirse. Richard hizo lo mismo y luego dijo:

¿Te vas a ir igual? Estás empapada, mi amor. 

Clarice se acercó y le acomodó el pelo.

Sí, me voy. Pero quiero que tú vengas conmigo- dijo sonriendo. 

Está bien- dijo Richard, dándole un pequeño beso en los labios- vamos a mi casa, que busco algunas cosas.

Salieron del cine y buscaron un taxi. En el camino, Clarice llamó por teléfono a Susan, para avisarle que se iba y que ya le contaría todo la próxima vez. 

Una hora más tarde, cuando el tren arrancó, Clarice apoyó su cabeza en el hombro de Richard y se sintió tan feliz que olvidó todo lo que había a su alrededor, incluso el mundo que la rodeaba.  


Capítulo 11. 


Llegaron a Luxemburgo por la mañana y se dirigieron a la casa de Clarice. Era una casa hermosa y amplia. Martin la había comprado años antes, cuando tenía una empresa de turismo. Martin y Clarice habían llegado a ser muy ricos, pero el dinero se le había esfumado a ella durante los años de calvario de él en el hospital y ahora sólo sobrevivía con su sueldo de empleada administrativa. 

Clarice le contó esta historia a Richard, sentados en el living, con café de por medio.


-Yo me fui del pueblo en el que crecí después de terminar la escuela, a los 18 años. Soy hija de una madre soltera, nunca conocí a mi padre. Le dije a mi mamá que quería estudiar fotografía y arte y ella me dio el permiso; me envió a la capital, donde viví con una tía esos años. Dos años después de estar viviendo ahí, yendo a la facultad, Susan me envió una carta, diciéndome que quería mudarse conmigo…al parecer, tuvo un problema con la madre, bastante grave, y la echó de la casa. Así que se vino a vivir aquí, a esta ciudad conmigo. Una noche salimos y conocí a Martin y bueno…nos enamoramos. No hay mucho más para decir. 

-¿Y qué hay con todo ese asunto de su exmujer?

-Bueno, ella le pedía dinero siempre, me molestaba cada vez que podía…

-Tenían hijos, entonces…-arriesgó Rich.

-No, no tienen hijos. Pero creo que Martin le tenía miedo, ahora pienso que tal vez lo chantajeaba con algo. 

-¿Y nunca te pusiste a pensar que quizás fue ella la que le cortó los frenos del auto a tu marido? – reflexionó Richard, seriamente. 

-No, no lo creo. La policía investigó y concluyó en que fue un accidente. Yo nunca la vi, no la conozco y desde el día en que Martin cayó en coma no volvió a molestarme. Así que la olvidé- terminó Clarice. 

-Bueno, al no estar él, pienso que se acabó su obsesión- reflexionó Richard. 

-Yo estaba segura de que me engañaba con ella, pero ahora ya ni vale la pena pensar en eso- dijo Clarice.

No, mi amor-respondió él- ahora piensa en mí. 

Clarice se aproximó más a él y le tomó las manos. 

-Todo el tiempo pienso en ti, Richard. Desde que te conocí, no paro de pensar en ti…hasta la locura. 

-Te amo, Clarice. Te prometo que vamos a ser muy felices juntos. 

Richard puso una mano en la cintura de ella y la otra, sobre su rostro. Se besaron intensamente, sintiendo el calor que despedían sus cuerpos. El beso era cada vez más profundo a medida que pasaban los minutos y la urgencia de los dos también se intensificaba. Él la levantó en brazos y ella le señaló dónde estaba su habitación. Cuando la dejó sobre la cama y quedó encima de ella, le dijo:

-¿Lo ves? Aquí es mejor. 

Clarice rió, siempre reía cuando estaba con él. 

Mientras Richard le quitaba la ropa y sentía su boca por todo el cuerpo, un ligero estremecimiento le erizó la piel. Recordó que sobre esa cama había hecho el amor muchísimas veces con su esposo…pero no dejó que ese recuerdo la paralizara. Había entendido por fin que Susan tenía razón, que su vida continuaba y que no era culpa de ella que su corazón hubiera vuelto a sentir amor. Que nunca había estado en sus planes enamorarse de un inglés en un tren. 


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