Capítulo 17.
Martin dejó el hospital diez días después, acompañado de Clarice. Los médicos determinaron que no sufría alteraciones mentales, más allá del impacto que le había provocado enterarse de la cantidad de años que había estado en coma. Físicamente, estaba en perfecto estado. Durante esos días, Clarice lo había acompañado, contándole todo lo que había sucedido en esos casi nueve años. Claro que, había omitido, adrede, los acontecimientos más cercanos, los que incluían a Richard.
Clarice había hablado por teléfono con Rich en esos días, comentándole las cosas que iban pasando. Pero indiscutiblemente algo había pasado entre ellos, algo se había roto, pues ya no eran la pareja que se prodigaba sólo amor y ternura; eran, más bien, dos personas alejadas hablando de lo que no querían hablar.
Richard seguía en la gira por compromiso, pero estaba cada vez peor: pasaba de la tristeza a la irritación y la rabia, sin escalas. Todos estaban preocupados por su situación y habían evaluado la posibilidad de suspender algunas fechas, pero él se había negado tenazmente: era un profesional y no podía defraudar al público que había comprado las entradas para ver a la banda.
Ella sólo te está pidiendo que le des tiempo, Richard- le decía Tim en la habitación del hotel.
Es que no puedo soportarlo más- dijo Rich, tirado sobre la cama- no soporto más los celos, no creo que pueda darle más tiempo.
Tu sabías que esto podía pasar, sabias desde el principio que ella era casada e igual insististe- lo enfrentó Tim
Lo sabía, sabía que el tipo podía despertar…pero pensaba que nunca iba a suceder, no sé si me entiendes…
Sí, claro. Pero ahora pasó- continuó Tim- y es lógico que si se despierta después de nueve años, ella no va a decirle: ‘Bueno, ahora arréglate solo porque me enamoré de otro’.
El tipo ese le fue infiel siempre y la subestimaba y maltrataba- contestó Richard- no merece que Clarice le tenga consideración.
Pero Clarice no lo cree así y si tú la amas, deberás tener paciencia- completó Tim
No quiero, no voy a tener paciencia- negó Rich- ¿cómo sé que no duerme con él?
Tendrás que confiar en ella.
Llegaron a su casa de Luxemburgo los dos. Martin entró silenciosamente y lloró al sentarse en su silla mecedora, su preferida. Cada rincón de la casa le traía recuerdos que le parecían demasiado cercanos, como si todo hubiese pasado el día anterior y no nueve años atrás. Todo le parecía increíble, casi inexplicable. La casa estaba igual, con pocos cambios. Los olores eran reconocibles: allí estaba el aroma de las violetas del jardín, que tanto le gustaba, también estaba el olor del rocío sobre el césped y el olor a madera de pino, el que tenían todos los muebles.
Entraron a la habitación y abrió el placard, comprobando que todo seguía en el lugar, tal y como lo había dejado aquél domingo fatal. Si tan sólo hubiera escuchado a Clarice ese día…Lucy, su amante, había cortado los frenos del auto. Él lo sabía…claro que, seguramente, su idea había sido matar a Clarice y no lo había conseguido. Martin estaba arrepentido de haberle seguido el juego a Lucy tantas veces, de haber engañado a Clarice con ella todos esos años. Ya no quería saber nada más, tan sólo deseaba iniciar una nueva vida junto a su esposa y reparar así sus errores del pasado, tener un niño quizás…hacerla feliz.
De repente, vio que ella tomaba su ropa de dormir y se iba de la habitación.
¿Qué haces, Clarice?
Voy a dormir en la otra habitación, me parece mejor por ahora- respondió Clarice.
¿Mejor por qué?- dijo Martin, confundido- todavía estamos casados…
Sí, claro…pero pasó mucho tiempo y muchas cosas. Yo prefiero que durmamos separados- explicó Clarice.
Está bien- se resignó él- buenas noches.
Martin se acercó y le dio un beso en la boca. Clarice ni siquiera abrió los labios para besarlo. Se alejó de él y cerró la puerta.
Al separarse, ambos sintieron un frío estremecedor en la piel y se dieron cuenta de que ya no eran una pareja, sino dos extraños. Dos personas que podrían vivir en ciudades diferentes sin siquiera mirarse… dos desconocidos viviendo en mundos separados.
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