Buscar este blog

sábado, 1 de enero de 2011

El corazón.
Un corazón púrpura, mitad sangre, mitad humo. Mitad humano, mitad vegetal. Negro como el abismo sepulcral de la noche; sangre que chorrea a borbotones pero no salpica… se petrifica, se derrite, desaparece… la sangre renueva y purifica el aire. El aire es como el viento al verano caluroso; la brisa que transfiere vida.
El corazón estuvo en cautiverio, estuvo dormido en un sopor insoportable, se vivificó con una ráfaga de cielo, murió durante interminables noches y pulsó otra vez en contados días. Los días son trozos congelados de eternidad. La eternidad es el misterio no resuelto del universo. El universo es un agujero negro en constante ebullición. Los agujeros negros existen en los jardines de primavera. Las cenizas se derraman en los jardines; las cenizas vuelven a la tierra y la vida vuelve a surgir, cíclicamente. El corazón de ceniza vuelve a latir. Su infinitud asombra al más escéptico, transforma al más cruel. Y me remonta a lo primigenio, al génesis, al principio de todo: el amor.